jueves, 5 de julio de 2012

J.B


El hermano Lucas, un joven y apuesto fraile, llega a la isla de Tenerife en medio de una oleada de misteriosos asesinatos y desapariciones de los que las autoridades franquistas parecen desentenderse. Es 1940 y la Guerra Civil ha terminado, pero la represión de los vencedores mantiene a España anegada en sangre.
Lucas tiene como destino el colegio San Isidro de la villa de La Orotava, una ciudad de belleza singular tradicionalmente vinculada a la corte española, donde la antigua nobleza disfruta de una vida de privilegio y lujo. La curiosidad del joven, que se niega a aceptar las desapariciones, molesta tanto a sus superiores religiosos como a la élite social y militar de la ciudad, pero le gana el afecto de Rosa Pastrana, hija del conde de Tres Cantos, que se enamora de la bondad, idealismo y valentía del fraile. 
Cuando llega a manos de Lucas una lista con ochenta y seis nombres de personas que van a ser asesinadas, él y Rosa tendrán que decidir si abandonan su cómoda posición en la sociedad de La Orotava y arriesgan sus vidas en un peligroso juego de intrigas y traiciones para intentar salvar a ochenta y seis hombres.

La sombra del viento

lunes, 11 de junio de 2012

EL CEMENTERIO DE LOS LIBROS OLVIDADOS


Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez
a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del
verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo
cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa
Mónica en una guirnalda de cobre líquido.
—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi
padre—. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
—¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como
una sombra por la vida.
—Claro que sí —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella
puedes contárselo todo.
Poco después de la guerra civil, un brote de cólera se había llevado a mi
madre. La enterramos en Montjuïc el día de mi cuarto cumpleaños. Sólo recuerdo
que llovió todo el día y toda la noche, y que cuando le pregunté a mi padre si el cielo
lloraba le faltó la voz para responderme.  Seis años después, la ausencia de mi
madre era para mí todavía un espejismo, un silencio a gritos que aún no había
aprendido a acallar con palabras. Mi padre y yo vivíamos en un pequeño piso de la
calle Santa Ana, junto a la plaza de la iglesia. El piso estaba situado justo encima de
la librería especializada en ediciones de coleccionista y libros usados heredada
de mi abuelo, un bazar encantado que mi padre confiaba en que algún día
pasaría a mis manos. Me crié entre libros, haciendo amigos invisibles en
páginas que se deshacían en polvo y cuyo olor aún conservo en las manos. De
niño aprendí a conciliar el sueño mientras le explicaba a mi madre en la
penumbra de mi habitación las incidencias de la jornada, mis andanzas en el
colegio, lo que había aprendido aquel día...  No podía oír su voz o sentir su
tacto, pero su luz y su calor ardían en cada rincón de aquella casa y yo, con la
fe de los que todavía pueden contar sus años con los dedos de las manos,
creía que si cerraba los ojos y  le hablaba, ella podría oírme desde donde
estuviese. A veces, mi padre me escuchaba desde el comedor y lloraba a
escondidas.
Recuerdo que aquel alba  de junio me desperté gritando. El corazón me
batía en el pecho como si el alma quisiera abrirse camino y echar a correr
escaleras abajo. Mi padre acudió azorado a mi habitación y me sostuvo en sus
brazos, intentando calmarme.
—No puedo acordarme de su cara. No puedo acordarme de la cara de
mamá —murmuré sin aliento.
Mi padre me abrazó con fuerza.
—No te preocupes, Daniel. Yo me acordaré por los dos.
Nos miramos en la penumbra, buscando palabras que no existían.
Aquélla fue la primera vez en que me di cuenta de que mi padre envejecía y de
que sus ojos, ojos de niebla y de pérdida, siempre miraban atrás. Se incorporó y
descorrió las cortinas para dejar entrar la tibia luz del alba.
—Anda, Daniel, vístete. Quiero enseñarte algo —dijo.
—¿Ahora? ¿A las cinco de la mañana?
—Hay cosas que sólo pueden verse entre tinieblas —insinuó mi padre
blandiendo una sonrisa enigmática que  probablemente había tomado prestada
de algún tomo de Alejandro Dumas.

martes, 29 de mayo de 2012

La Catedral del Mar

El temor de un hombre sabio

Sé lo que estás pensando

El último Catón

El origen perdido

Dime quién soy

El nombre del viento

Fortaleza digital (K.F)

En el Blanco (K.F)

El niño del pijama de rayas

Tiburón rojo

La reina en el palacio de las corrientes de aire (T. Millennium)

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (T. Millennium)

Los hombres que no amaban a las mujeres (T. Millennium)

El símbolo perdido

Venganza en Sevilla (J.N)

Tierra Firme (J.N)

Inés del Alma Mía

La Reina del Sur

Escuela de Ninjas

El Zorro (I.A)

Marina

El palacio de la medianoche

El príncipe de la niebla

Luces de Septiembre

Panteón (MDI)

La triada (MDI)

La Resistencia (MDI)

Harry Potter (7)

El bosque de los pigmeos (m. de A y J)

El reino del dragón de oro (m. de A y J)

La ciudad de las bestias (m. de A y J)

Los Cinco de Enid Blyton

El libro de los 101 cuentos